En un mismo día, Estados Unidos y Brasil ofrecieron dos ejemplos opuestos pero complementarios de cómo gestionar la política en tiempos de crisis.
En Washington, demócratas y republicanos alcanzaron un acuerdo para evitar el cierre del gobierno federal (“shutdown”) que amenazaba con paralizar la administración pública y dejar sin salario a más de un millón de trabajadores. En Brasilia, el Congreso aprobó la exención del impuesto a la renta para los trabajadores de menores ingresos, una medida impulsada por el presidente Luiz Inácio Lula da Silva para aliviar el bolsillo popular y reforzar su política redistributiva.

Ambos episodios reflejan, cada uno a su manera, formas de negociación institucional que priorizan la estabilidad por encima de la confrontación. En Estados Unidos, el consenso bipartidista demuestra que, pese a la polarización política, los grandes acuerdos aún son posibles cuando está en juego el funcionamiento del Estado. En Brasil, la amplia mayoría que acompañó la iniciativa de Lula muestra la capacidad del gobierno de articular mayorías parlamentarias en torno a objetivos sociales concretos.

Mientras tanto, en la Argentina el panorama es más incierto. El Gobierno de Javier Milei intenta ordenar su agenda legislativa para aprobar el Presupuesto 2026 y avanzar luego con las reformas estructurales —laboral, previsional, impositiva y electoral—. Pero las tensiones con algunos gobernadores y con sectores del propio oficialismo libertario revelan las dificultades para construir consensos amplios.

La comparación es inevitable: mientras las potencias del continente refuerzan el diálogo político como herramienta de gestión, Argentina sigue atrapada en la lógica del enfrentamiento. Estados Unidos y Brasil lograron, con distintos matices, transformar la negociación en una virtud: allí, el acuerdo preserva la gobernabilidad; acá, la falta de acuerdos puede ponerla en riesgo.

En definitiva, lo ocurrido en Washington y Brasilia deja una lección regional: la estabilidad económica y social depende tanto de la técnica como del diálogo político. Sin consensos mínimos entre gobierno, oposición y actores sociales, ningún plan —por más sólido que parezca en el papel— puede sostenerse en el tiempo.

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