La autoexigencia suele confundirse con compromiso. Exigirse de más parece una virtud, aunque muchas veces termina siendo desgaste.

Vivir con la sensación de que nunca alcanza genera insatisfacción permanente. Los logros pierden peso porque la vara siempre sube.

Esta exigencia constante no siempre viene de afuera. Muchas veces es una voz interna difícil de silenciar.

Aprender a reconocer límites no reduce el valor personal. Al contrario, permite un vínculo más sano con el esfuerzo.

Tratarse con la misma paciencia que a otros puede ser uno de los aprendizajes más difíciles, y más necesarios.

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