En parques, plazas y hasta balcones, los animales silvestres se están adaptando a la vida urbana. Zorros en barrios cerrados, halcones sobre edificios y caranchos en autopistas son cada vez más comunes en ciudades argentinas.

Este fenómeno responde a múltiples causas: la expansión urbana, la pérdida de hábitat natural y la abundancia de alimento en las zonas pobladas. Los animales, lejos de huir, aprenden a convivir con el cemento y el ruido.

Biólogos urbanos estudian cómo se modifica el comportamiento de estas especies al vivir cerca del ser humano. Algunas desarrollan horarios distintos para evitar a las personas; otras cambian su dieta, alimentándose de basura o restos de comida.

En la Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, se han registrado comadrejas, murciélagos, loros barranqueros y hasta pequeñas serpientes. En zonas periurbanas, se suman ciervos, pumas y jabalíes que cruzan rutas en busca de agua o refugio.

El contacto no siempre es pacífico: pueden surgir conflictos con mascotas, riesgos sanitarios o accidentes de tránsito. Por eso, especialistas insisten en la importancia de políticas públicas que regulen esta convivencia y eviten daños para ambos lados.

La fauna urbana nos recuerda que compartimos territorio con otras especies, y que la naturaleza no termina donde empieza la ciudad.

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