El medio ambiente global atraviesa un momento crítico marcado por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), la temperatura promedio del planeta ya se incrementó en 1,2°C respecto de la era preindustrial, acercándose peligrosamente al umbral de 1,5°C que los científicos consideran clave para evitar daños irreversibles. Este aumento está vinculado a fenómenos extremos cada vez más frecuentes, como olas de calor, sequías prolongadas e inundaciones masivas.

Uno de los principales problemas es la deforestación, que avanza a un ritmo de 10 millones de hectáreas por año, de acuerdo con datos de la FAO. Regiones como la Amazonia y el sudeste asiático sufren una pérdida acelerada de bosques, lo que reduce la capacidad de absorción de dióxido de carbono y amenaza a miles de especies. Este proceso no solo afecta la biodiversidad, sino que también incide en las comunidades locales, que dependen de los recursos naturales para su subsistencia.

La contaminación plástica constituye otro desafío de escala global. Naciones Unidas estima que cada año se vierten al océano más de 11 millones de toneladas de plásticos, con graves consecuencias para la fauna marina y los ecosistemas costeros. Microplásticos fueron hallados en el agua, en el aire y en la cadena alimentaria, generando preocupación sobre sus efectos en la salud humana. Aunque algunos países avanzaron en regulaciones para limitar el uso de plásticos de un solo uso, la aplicación resulta aún insuficiente frente a la magnitud del problema.

En cuanto a la energía, la transición hacia fuentes renovables avanza pero a un ritmo dispar. En 2024, alrededor del 30% de la generación eléctrica mundial provino de renovables, principalmente solar y eólica. Sin embargo, el consumo de combustibles fósiles sigue siendo dominante, especialmente en economías emergentes con fuerte crecimiento industrial. La falta de financiamiento internacional y las tensiones geopolíticas complican la implementación de políticas más ambiciosas para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

La pérdida de biodiversidad se presenta como una amenaza silenciosa pero igualmente grave. Según el Informe Planeta Vivo del WWF, las poblaciones de vertebrados silvestres se redujeron en promedio un 69% desde 1970. La desaparición de polinizadores, peces y aves impacta directamente en la seguridad alimentaria y en el equilibrio de los ecosistemas. La Convención sobre la Diversidad Biológica plantea como meta proteger al menos el 30% de la superficie terrestre y marina para 2030, aunque los avances son desiguales entre regiones.

Organismos internacionales insisten en la necesidad de una cooperación global más firme. La Cumbre del Clima de 2025 reafirmó la urgencia de reducir las emisiones y de financiar la adaptación de los países más vulnerables. No obstante, persisten diferencias entre naciones desarrolladas y en desarrollo en cuanto a responsabilidades y plazos. Frente a estos desafíos, el futuro del medio ambiente dependerá de la capacidad de los Estados, las empresas y la sociedad civil para coordinar esfuerzos que permitan garantizar un planeta habitable para las próximas generaciones.

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